CARTA DE NUESTRO OBISPO

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Obispo diocesano
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Justicia y misericordia

Queridos diocesanos:

Ante la publicación de algunos casos de abusos sexuales de menores por parte de sacerdotes, en diversos países, el Santo Padre Benedicto XVI envió el pasado 19 de marzo una Carta Apostólica a los católicos de Irlanda. Es un modelo de claridad y de firmeza en la condena de los delitos, de justicia, de solidaridad con las víctimas y de misericordia con los pecadores. Constituye, además, para nosotros una guía segura sobre cómo proceder ante hechos tan reprobables, ante sus causas y consecuencias y con las personas implicadas: las causantes y las víctimas, Sin agotar su contenido, quiero resaltar los siguientes aspectos:

Como el Papa, hemos de condenar y condenamos, con firmeza y sin paliativos, la conducta de quienes atropellan a otra persona, más aún cuando es menor de edad, y nos sentimos solidarios con su sufrimiento. Como consecuencia, hemos de exigir la aplicación de las penas que establezcan las leyes, tanto civiles como eclesiásticas. “Tolerancia cero”, es la norma de la Iglesia en estos casos.

Habrán de ponerse también los medios y los remedios adecuados para evitar estos abusos, atajando sus causas, entre las que, a veces, se ha podido dar la falta de rigor en la selección y formación integral de los candidatos al sacerdocio.

La primera obligación que se deriva de estos delitos es la atención a las víctimas: la reparación del daño causado y el adecuado acompañamiento, a fin de que superen el trauma, recuperen su paz y equilibrio y se sientan integrados y valorados en la Iglesia y en la sociedad.

Fidelidad a la verdad y a la justicia ha de ser también un principio fundamental en estos casos. Son delitos graves. Si el autor es un sacerdote o persona consagrada, más grave todavía. Pero no es justo que se considere, o se cree la opinión, de que sólo los sacerdotes y las personas consagradas son los únicos autores de tales delitos, o de que todos los cometemos. Aunque no es un consuelo ni un atenuante, la estadística y los hechos demuestran que el número de sacerdotes y de personas consagradas que comenten tales delitos es proporcionalmente mínimo.

Se ha de exigir, por tanto, el máximo rigor a la hora de imputar responsabilidades y de airear como implicadas a personas que no lo están. De ahí la gravedad y la injusticia de las acusaciones que se han hecho al Santo Padre Benedicto XVI por sus «supuestos silencios u omisiones» en determinados casos, tanto cuando fue Arzobispo de Munich como en su tiempo de Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Todo ello, a pesar de su clara y contundente condena de estos hechos, de su Carta a los Católicos de Irlanda y del reiterado desmentido por parte del Portavoz de la Santa Sede, P. Lombardi. Justicia sí; pero para todos.

Otro principio importante para los cristianos consiste en que, por difícil que parezca, hay que armonizar siempre la claridad y la contundencia en la condena de los delitos con la misericordia con el delincuente. Sólo para Dios es posible la perfecta armonía entre justicia y misericordia, entre la condena del pecado y la misericordia y el perdón para el pecador. Los cristianos tenemos la obligación de aproximarnos al máximo a este modelo.

Una acción de largo alcance y que contribuirá a rebajar el número de delitos y de atropellos de esta naturaleza será la educación y la justa valoración de la sexualidad y de la responsabilidad en su ordenado ejercicio, frente a su permisividad y relajación y su liberación de toda norma y de toda consecuencia. Es necesaria la valoración de la virtud de la castidad, que no ha pasado de moda.

Finalmente, y no porque sea lo menos importante, sino como una actitud constante, tenemos que ser más solidarios con las víctimas y con todas las personas que sufren violencia e injusticia y orar más por ellas. También por las personas víctimas de la difamación y de la calumnia, como es, en el momento actual, la persona del Papa. Oremos por él.

Os saluda y bendice vuestro Obispo

+ José Sánchez González
Obispo de Sigüenza-Guadalajara