"Ecos" de la vida
WB01590_.gif (2469 bytes)

Con sólo siete años
(De cómo reconocer que Él nos ayuda siempre...)

Empezamos por ahí, por recordar que la niña de nuestra historia de hoy tiene sólo siete años. Durante las fiestas pasadas, fiestas de Semana Santa, ha asistido, siempre de la mano y compañía de su madre, a casi todos los actos litúrgicos de su parroquia. Justamente, al comenzar uno de esos actos, surgió la anécdota sobre la que hoy quiero reflexionar y compartir con mis lectores.

Iba a comenzar una de las celebraciones de la Semana Santa. Allí, y puntualmente, estaba nuestra protagonista de hoy. Monaguilla, para más señas. Al preguntarle, si no se iba a cansar, respondió como el que lleva la lección bien aprendida y la decisión bien tomada: «si es cosa de Dios, no me voy a cansar...». Así de claro y rotundo.

Si es cosa de Dios... La frase, como sabemos, es de cuño bíblico y la hemos oído o repetido muchas veces en nuestra vida. Pero dicha por ella, la niña de sólo siete años, adquiere cierta novedad y cierto grado de asombro. Si es cosa de Dios, no me voy a cansar.

Vamos más allá de la anécdota y la circunstancia concreta. Vamos al fondo y a la riqueza de la afirmación, que nunca deberíamos olvidar en nuestra vida de creyentes.

Lo primero que nos recuerda, y que debemos tener siempre muy vivo y presente, es que no vamos solos por el camino de la vida ni estamos solos en nuestras tareas. Dios está siempre ahí, a nuestro lado, para socorrernos y ayudarnos. A veces, podemos vivir con la sensación contraria, con la sensación de que estamos solos y contamos solamente con nuestras fuerzas humanas a la hora de realizar nuestras tareas.

Por eso mismo, nos desanimamos con alguna frecuencia o nos sentimos demasiado hundidos bajo el peso de una supuesta soledad en nuestros empeños y caminos cristianos. Es importante, muy importante, recuperar la conciencia de que el Señor está a nuestro lado; el Señor nos acompaña todos los días de nuestra vida, y nos ayuda y alienta con la fuerza de su Espíritu.

Cuánto bien nos hace vivir en su presencia y vivir bajo su mirada y aliento. Aunque una madre, nos dice el Señor dice la Escritura, se olvidara del hijo de sus entrañas, yo nunca te olvidaré. La vida, pues, no la construimos nosotros solos. Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas.

La frase que comentamos, y que con tanto convencimiento subrayó la niña de los siete años, también nos recuerda que no siempre andamos en cosas y empresas de Dios. Que conviene purificar mucho el corazón y la cabeza para no empeñarnos en nuestras cosas, sino en las cosas de Dios. Vale aquí aquello de que los caminos de Dios no siempre son los caminos en los que nosotros nos metemos y nos empeñamos. Lo que no es de Dios no podemos pretender que prospere. Muchas veces nos cansamos y no vemos los frutos de nuestras manos porque, como decimos, nos empeñamos en cosas como si fueran obra nuestra y fruto de nuestro único saber y entender. Por el contrario, cuando trabajamos en las cosas de Dios, cuando trabajamos apoyados en Él, entonces las cosas salen. Entonces, en verdad, que «no nos cansamos...».

Terminamos. Seguro que más de uno de mis lectores estará diciendo desde el principio. Eso no es de la niña, eso es de casa, de sus padres. Lógico. Y eso es, precisamente, lo bonito y aleccionador. Que los padres se encarguen de transmitir el Evangelio y las cosas de Dios a sus hijos. Eso es lo grande... ¡Qué bonito si lo hicieran así todos los padres!...


VOLVER A NOTICIAS