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«Trae tu mano y métela en mi costado»
El Evangelio de hoy nos presenta la figura de Tomás, aquel
que, a pesar de los testimonios de sus amigos sobre el Resucitado,
necesitaba meter sus dedos en las llagas de Jesús y su mano en el costado
traspasado del Maestro. Quería tener una constancia totalmente personal de
la resurrección.
Hoy vivimos en un ambiente en el que la in-creencia está
bastante extendida. Podemos incluso afirmar que es bastante complicado
manifestarse y vivir como creyente. ¿Cómo puedo plantearme mi fe en
Jesucristo en este ambiente?
Ya decía K. Rahner que «el cristiano del siglo XXI o será un
místico o, sencillamente, no será cristiano». Hoy no basta con una
religiosidad convencional o sociológica, hoy hemos de tener una experiencia
personal de Cristo Resucitado que ilumine y de respuesta a los grandes
interrogantes de nuestra vida y nos haga descubrir que o vivimos desde esa
clave o simplemente acumulamos días en el saco de nuestra existencia. Hemos
de introducirnos en ese costado de Cristo resucitado que nos conduce a lo
mejor de nosotros mismos, donde nos experimentamos en unidad con todos y con
todo, dentro de Dios. Podemos abrirnos a acoger a Jesús Resucitado a partir
de experiencias profundamente humanas: en todo deseo de superación; en las
ganas de sentirnos mejores; en las ganas de vivir; en el amor a los demás y
en nuestra capacidad de perdón; en el anhelo de plenitud; en la experiencia
de gozo; en la esperanza mantenida en medio del sufrimiento; en el silencio,
la oración, el encuentro personal, la experiencia de ser transformados… Para
poder hablar de la resurrección, hemos de vivir como personas resucitadas.
Creer en la resurrección es decir “si” a la vida, a la de cada uno y a toda
vida, de un modo consecuente.
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