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«El Señor es compasivo y misericordioso»
En la 1ª lectura hemos escuchado un texto fundamental sobre
las raíces de nuestra fe. Moisés, en la soledad del desierto, siente la voz
del Señor que le llama a una misión. Se encontró con un Dios sensible con el
dolor: «he visto la opresión de mi pueblo… me he fijado en sus sufrimientos.
Voy a bajar a librarlos… a llevarlos a una tierra que mana leche y miel».
Lo hemos repetido en el salmo: «el señor es misericordioso» y
las palabras de Jesús en el Evangelio al hablar de esa higuera que no
producía frutos, pero que el viñador se empeña en no cortar e incluso en
tratar de una manera especial «yo mismo cavaré alrededor y le echaré
estiércol a ver si da fruto», va en la misma línea.
La buena noticia vivida y predicada por Jesús es que Dios no
es el que premia a los buenos y castiga a los malos, sino Aquel que ama
incluso a los enemigos, a los que le dan la espalda; Aquel que camina en pos
de la oveja descarriada, que cuida especialmente la viña que no da frutos,
que corre a abrazar al hijo que se había alejado conscientemente de su
presencia... Dios es misericordia y es precisamente eso lo que hace posible
y real la transformación del hombre.
El término «misericordia» en hebreo hace alusión al útero
materno y puede traducirse como «entrañas maternales». Por lo tanto, decir
que Dios es misericordioso es afirmar que tiene entrañas maternales. En
Jesús, Dios se revela como amor gratuito e incondicional a favor de la vida
y al servicio de las personas. Optemos, en esta cuaresma, a través de la
oración, por entrar en el abismo del amor de Dios, por sentirlo en nuestro
interior para que nos vaya transformando y llegue a conducir nuestra vida
con la certeza de que en hacer vida ese amor, radica nuestra plenitud y
libertad.
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