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Domingo III de Cuaresma

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Ex 3,1-8a.13-15
Sal 102
1Co 10,1-6.10-12
Lc 13,1-9
 

«El Señor es compasivo y misericordioso»

En la 1ª lectura hemos escuchado un texto fundamental sobre las raíces de nuestra fe. Moisés, en la soledad del desierto, siente la voz del Señor que le llama a una misión. Se encontró con un Dios sensible con el dolor: «he visto la opresión de mi pueblo… me he fijado en sus sufrimientos. Voy a bajar a librarlos… a llevarlos a una tierra que mana leche y miel».

Lo hemos repetido en el salmo: «el señor es misericordioso» y las palabras de Jesús en el Evangelio al hablar de esa higuera que no producía frutos, pero que el viñador se empeña en no cortar e incluso en tratar de una manera especial «yo mismo cavaré alrededor y le echaré estiércol a ver si da fruto», va en la misma línea.

La buena noticia vivida y predicada por Jesús es que Dios no es el que premia a los buenos y castiga a los malos, sino Aquel que ama incluso a los enemigos, a los que le dan la espalda; Aquel que camina en pos de la oveja descarriada, que cuida especialmente la viña que no da frutos, que corre a abrazar al hijo que se había alejado conscientemente de su presencia... Dios es misericordia y es precisamente eso lo que hace posible y real la transformación del hombre.

El término «misericordia» en hebreo hace alusión al útero materno y puede traducirse como «entrañas maternales». Por lo tanto, decir que Dios es misericordioso es afirmar que tiene entrañas maternales. En Jesús, Dios se revela como amor gratuito e incondicional a favor de la vida y al servicio de las personas. Optemos, en esta cuaresma, a través de la oración, por entrar en el abismo del amor de Dios, por sentirlo en nuestro interior para que nos vaya transformando y llegue a conducir nuestra vida con la certeza de que en hacer vida ese amor, radica nuestra plenitud y libertad.