San Juan de la Cruz 28 (2001/II) 219-230

WALT WHITMAN Y SAN JUAN DE LA CRUZ:

DOS CAMINOS POÉTICOS DIVERGENTES

 

GUILLERMO SENA MEDINA

 

 

I. INTRODUCCIÓN

 

Nuestro trabajo tratará de analizar a dos poetas desde sus respectivas obras, por lo que quiero dejar sentado desde ahora no me ocuparé de sus vidas, salvo de forma tangencial, y dejando claro la absoluta divergencia existente entre ambos, desde el ambiente socio-cultural de cada uno Estados Unidos, siglo XIX, cultura de "Fart West", o de los "pioneros" colonizadores, como dice Uslar Pietri1; frente a España, siglo XVI, Renacimiento- a sus circunstancias personales: Walt Whitman poeta trotamundos "anciano hermoso como la niebla/ que gemías igual que un pájaro" (García Lorca), defensor de la libertad, de la democracia y del maquinismo, a su manera de profundas convicciones religiosas, de un humanismo utópico y un tanto ácrata, y del que se ha llegado a escribir que tenía "un pie en la Grecia antigua y otro en un bar gay"2, es, en el decir de Borges, "plural", "un triple Whitman" o como él mismo escribía "un cosmos, de Manhattann el hijo" o, con otras palabras: "¿Me contradigo?/ Muy bien me contradigo./ (Soy amplio contengo multitudes"; pero sobre todo y para lo que nos interesa ahora, es el primer poeta contemporáneo de habla inglesa, "tal vez el más grande creador de la poesía norteamericana"3.

 

San Juan de la Cruz, "uno de los mayores poetas líricos de cualquier época o país" para Gerald Brenan, desarrolla su vida de unos cincuenta años- prácticamente sujeto siempre a la disciplina de su Orden Carmelita, que sabe mucho de reglas y recogimiento, pero también de caminos andados más de 27.000 kilómetros a pie o en cabalgadura- y de persecuciones y enfermedades como la prisión toledana o la campaña difamatoria que le amargó los últimos meses de su vida-. Fray Juan de la Cruz, "místico pensador para los tiempos de crisis" (José Sánchez de Murillo), llega a alcanzar con su poesía una de la cumbres de nuestra lírica; para Jorge Guillén, "es el gran poeta más breve de la lengua española; acaso de la literatura universal". Como hombre, Juan de Yepes, sólo anheló alcanzar la cima del monte de la santidad, consiguiéndolo hasta la altura inefable de la mística.

 

¿Puede hablarse con propiedad de ambos poetas en común? ¿Son equiparables en sus obras poéticas? ¿Se ven influencias o puntos de encuentro? A estas preguntas trataremos de responder a continuación, aunque es evidente que debemos empezar por afirmar que de forma global no es posible establecer un paralelismo; de ahí que hablemos en el título de este trabajo de "dos caminos divergentes". Pero, como ocurre muchas veces y podría hacerse con otros poetas, es posible encontrar puntos de coincidencia y puntos de separación.

 

Por último, queremos reseñar una dificultad por nuestra parte: la derivada de la traducción de los poemas de Whitman, que ha sido puesta de manifiesto recientemente al estudiarse juntas distintas versiones de un mismo poema4. Por nuestra parte la solucionaremos acudiendo a la realizada por Jorge Luis Borges de Hojas de hierba5, de donde tomamos los versos que se citan.

 

 

II. PUNTOS DE COINCIDENCIA

 

Comenzamos recordando que ambos poetas se consagran, pasan a la historia de la literatura de sus respectivos países y universal, y son considerados como grandísimos poetas con unas obras realmente cortas. San Juan de la Cruz, apenas cuenta con algo más del medio millar de versos, que en vida van manuscritos de convento en convento y que para que salgan en un volumen aceptable han de ir acompañados de sus comentarios en prosa. Whitman sólo compuso un libro, su conocido, Hojas de hierba, que aunque fue completado en ediciones sucesivas, tampoco cuenta con muchos poemas. Pero esos contados poemas bastaron a nuestros poetas para ser tenidos, en la actualidad y cada uno a su modo, como verdaderos genios de la poesía.

 

Esta genialidad viene dada, para nosotros: primero, por la calidad intrínseca de los poemas, y, segundo y sobre todo, por la actitud revolucionaria de su poéticas en el entorno literario de cada uno de ellos. Sin este planteamiento no se hubiera producido el reconocimiento absoluto de ambos por mucha calidad que tuvieran sus versos. Insistimos, hay un aspecto literario que podemos apreciar como punto de coincidencia: el significado revolucionario de sus respectivas obras frente a la poesía que se escribía en sus épocas, tan importante y destacable que aún hoy, cien y cuatrocientos años después, hace que Whitman y San Juan de la Cruz sigan siendo plenamente actuales.

 

En lo que respecta a Whitman, su época, mediados del XIX, está representada por el Romanticismo, que va decayendo conforme se acerca al final del siglo, y que en América encarnaba Edgar Allan Poe; en Francia Baudelaire y Victor Hugo; y en España Bécquer y Espronceda, etc. Una corriente que se romperá con el modernismo de Rubén Darío, pero que tendrá sus epígonos postrománticos. Mas, frente a esta corriente, en la que parece que también cayó el Whitman inicial, se levanta su voz potente lanzando un cántico nuevo, estridente, revolucionario, deflagrante, que suena a música desconocida, extraña y armónica.

 

Hablando de Hojas de hierba, Arturo Uslar Pietri escribe: "Ese libro se apartaba por entero de las modas que para ese momento eran las de la poesía, no tenía ningún propósito de exquisitez, ninguna preocupación de perfección técnica, sino que llanamente regresaba a lo que pudiéramos llamar las formas más primitivas de la poesía, a un tomo casi de versículo de la Biblia, en el que hay apenas un asomo de ritmo, un asomo d armonía muy asordinada y en el que el tono poético se deriva de cierta repeticiones o de ciertas imágenes"6.

 

En nuestra patria, un joven Díaz-Plaja percibe, en 1929, este carácter y exclama: "¡Cómo debieron resonar en pleno siglo XIX, todavía bajo la influencia romántica, estas estrofas de Walt Whitman! Este canto a la máquina y a la fábrica, que había de ponerse de moda en Europa sesenta años después"7. Y es el mismo poeta quien lo ve con más claridad: "Yo soy un americano, yo soy un hombre que pertenece a otro mundo, y a ese otro mundo hay que expresarlo de una manera distinta, ese otro mundo no se parece a Europa, y ese otro mundo necesita una poesía que se parezca a él y no a la poesía europea"8.

 

Por su parte, la época de San Juan de la Cruz, la de las Españas de la segunda mitad del dieciséis, es, en literatura, la perfección clásica del Renacimiento, el principio del siglo de oro; una etapa impresionante de impresionantes poetas (Fray Luis de León, Herrera, Teresa de Jesús...), y, sin embargo, sobre ellos brilla la lírica purísima del Doctor Carmelita elevándose sobre los tiempos por una chispa de genialidad que rompe esquemas. Recientemente Carlos Bousoño ha puesto de relieve este carácter revolucionario de la poesía sanjuanista. Escribe: Nadie más asombroso, más original y genialmente anticipador que este poeta. En efecto: en la poesía de San Juan de la Cruz y por el lado de sus imágenes, hay decididamente y del todo, un sustancial cambio, de cariz revolucionario, en la concepción misma de lo poético. Y es que ese cambio que él introdujo es exactamente el mismo que trajo, pero sólo siglos después, la poesía que técnicamente llamamos "contemporánea": la escrita desde Baudelaire hasta el superrealismo, y aún hasta la misma fecha de hoy, 1991)9. Desde Baudelaire y, añadiríamos, desde Walt Whitman.

 

"Contemporaneidad", esa es la palabra que comprende las poéticas que nos ocupan. Contemporaneidad, insistimos, a pesar de que, como sabemos, se escribieron los poemas hace 150 y 400 años. "A esa forma poética tan primitiva continua Uslar Pietri- tan directa y en un tono muy bíblico, muy levantado y muy místico, acude el poeta que escribe "Las hojas de hierba" y que se llama Walt Whitman"10. Con esta frase queremos apuntar otra coincidencia: la influencia de la Biblia. Salpicados en la pradera whitmaniana leemos versos como este:

 

"Reconociendo las antiguas colinas de Judea, con el hermoso

y dulce Dios a mi lado,

Atravesando el espacio, atravesando el cielo y las estrella..." (p. 109).

 

que en algo recuerdan a aquella exclamación: "Oh ninfas de Judea..." del Carmelita Descalzo, tan inmerso en ese tono bíblico del Cantar de los Cantares11.

 

Hay, pues, en ambos, una influencia de la Biblia, pero que en el poeta americano tiene aire de Biblia protestante, llevada en la mochila para leer, en los descansos de las caminatas bajo la sombra de un frondoso árbol, y de la que hace una interpretación libre y naturalista. Por el contrario la Biblia de fray Juan de la Cruz es la Vulgata, deshojada por el uso, estudiada en Salamanca, meditada mil veces en la soledad conventual y también leída junto al arrullo rumoroso de una fuente de aguas claras, buscando "aquella eterna fonte que está escondida".

 

Aún más que en la Biblia, coinciden en el amor a la naturaleza. Caminantes incansables los dos, se recrean en la contemplación de las "mil gracias" que derramó el Señor. Los "montes y collados" se agigantan hasta hacerse barreras infranqueables como las Rocosas; los animales y las plantas, como en las crónicas de Indias, nos hablan de un mundo virgen y casi por descubrir.

 

Canta Whitman a la "Naturaleza sin freno con elemental energía":

 

"Consciente del Missouri que fluye, de su fresca y generosa

corriente, consciente del poderoso Niágara,

consciente de las manadas de búfalos que pacen en la llanura,

del hirsuto toro de fuerte pecho,

De la tierra, rocas, flores de mayo conocidas, estrellas, lluvias,

nieve, mi asombro,

Habiendo estudiado las notas del sinsonte y el vuelo del halcón

de la montaña,

y escuchado en el alba el incomparable, al tordo, entre los cedros

de la ciénaga,

solitaria, cantando en el Oeste, anunció un Mundo Nuevo" (p. 17).

 

Y también cantando al "ciervo salvaje del norte", al gato en la ventana o al perro de la pradera; cantando a "un ratón que es un milagro capaz de confundir a millones de incrédulos", cantan al mar, a la cumbre o a la flor; cantando, en fin, a toda la naturaleza, Walt Whitman se nos presenta como un precursor de la actual corriente ecológica, de la cual, con idéntica justicia, podría ser declarado San Juan de la Cruz como un Patrono:

 

"¡Oh bosques y espesuras

plantadas por la mano del Amado;

¡oh prado de verduras,

de flores esmaltado,

decid si por vosotros ha pasado!"

 

Y una pléyade de criaturas desfilan por los versos del de Fontiveros: ciervo, gamo saltador, palomas, tortolicas, granados, flores, fieras...

 

De cantar a la naturaleza la llamada del bosque, de la que habla Antonio Colinas- a cantar a la libertad hay un solo paso, que el poeta vagabundo da con decisión, cantándola en sus facetas política, social, personal, "...hojas de hierba" fue también un gran canto a la libertad afirma Colinas- de José Martí a Neruda han sido muchos los que vieron en Whitman al "poeta de América", y en su poesía la mejor puerta abierta a las libertades del continente"12.

 

También fray Juan de la Cruz es cantor de la libertad, de otra libertad, de la libertad metafísica. Él es un hombre, un español del XVI que al igual que otros de todos los tiempos- tiene un vivir ansioso de libertad, pero de esa "libertad ibérica" que, en el decir de Guillén Martínez, es "premura desaforada de vida y hambre no satisfecha de eternidad", un vivir que continua este autor- "cuando no crea una moral engendra una mística"13, como el que vivió el poeta:

 

"Tras de un amoroso lance,

y no de esperanza falto,

volé tal alto tan alto,

que le di a la caza alcance".

 

Y así, volando, salvando "los valles solitarios nemorosos, las ínsulas extrañas, los ríos sonorosos..." , percibimos "las amenas liras", "los cantos de sirenas", que tan agradablemente sonaban a los oídos líricos de fray Juan de la Cruz. Mas la "música callada", "la soledad sonora" sanjuanista se hace en Whitman estridente eclosión musical, sinfonía donde cantan los vientos por los órganos vivos del Gran Cañón, o donde el tantán monocorde de los motores se hace canción cotidiana para anunciar una nueva era; una música que va desde la nostalgia autóctona de la "sinfonía india" de Chavez a las urbanas ensoñaciones de la "Sinfonía del Nuevo Mundo" de Antonio Dvorak, pasando por las claridades impresionistas de la "Sinfonía del Gran Cañón" de Gofre, una música que, nota a nota, nos lleva por el camino lírico de nuestros poetas hacia otros puntos para analizar.

 

 

III. CAMINOS DIVERGENTES

 

Si nuestros poetas emplean la lírica para dejar oír sus voces interiores, sus poemas van a seguir distintos derroteros según los sones que transmiten. Mientras San Juan de la Cruz, a través de sus versos, conquista las alturas inefables de la mística; Walt Whitman, desde una voz inicialmente romántica, rompe amarras, moldes y modas para engrandecer su canto por la calzada triunfal de la épica norteamericana.

 

Jorge Luis Borges lo explica: "Bajo el influjo de Emerson que de algún modo siempre fue su maestro, Whitman se impuso la escritura de una epopeya de ese acontecimiento histórico nuevo: la democracia ameriacana". Y continua: "Esta primacía -la del héroe sobre los otros-, se dijo Whitman, corresponde a un mundo abolido o que aspiramos a abolir, el de la aristocracia. Mi epopeya no puede ser así; tiene que ser plural, tiene que declarar o presuponer la incomparable y absoluta igualdad de los hombres"14. De forma similar Jaime Siles reconoce que "su fama literaria ha ido unida a la sistematización del verso libre, a la poetización de la ciudad y a la reconstrucción del canto entendido como una nueva épica"15. Y por el estilo escriben otros autores.

 

En otro sentido, la poesía mística de San Juan de la Cruz va por el camino de mostrar la unión del alma con Dios, cuyos efectos canta en el poema Llama de amor viva:

 

"¡Oh cauterio suave!

¡Oh, regalada llaga!

¡Oh, mano blanda!, ¡Oh toque delicado,

que a vida eterna sabe,

y toda deuda paga!;

matando, muerte en vida las has trocado".

 

Pero no nos perdamos por estos caminos, de ascensión difícil, y, al pairo del último verso, hablemos de la muerte en nuestros poetas. Es evidente que para los dos la muerte no es el fin, sino un nuevo principio o una continuación distinta del vivir.

 

Escribe Whitman:

 

"¿Ha pensado alguien que es afortunado nacer?

Me apresuro a informarle que no es menos

afortunado morir, y sé lo que me digo".

 

O estos otros hermosísimos versos:

 

"Por más lejos que mires, siempre habrá más

allá el espacio sin límites.

Por más que cuentes, siempre habrá antes y

después el tiempo sin límites".

 

Sin duda que por esa convicción grita:

 

"Y en cuanto a ti, Muerte, y a ti, amargo abrazo mortal,

es inútil que trates de asustarme".

 

No es, por supuesto, la postura anhelante del poema sanjuanista del "que muero porque no muero", pero sí es una actitud cristiana, digna, convencida de la existencia de un más allá trascendente. Whitman lo sabía:

 

"Mi cita ha sido prefijada, segura;

Dios estará ahí esperándome".

 

Versos como estos son los que han hecho que se tenga muy en cuenta su sentido religioso, que incluso, con evidente desproporción se le busquen connotaciones místicas, aunque de tipo heterodoxo o laico. Y se vea en el poeta, como escribe Colinas, que "busca la vía de un misticismo panteísta, la vibración de su ánimo al unísono con la totalidad del mundo"16. Lo cierto es que en Walt Whitman vemos que junto a esa actitud aparentemente panteísta, se muestra como un hombre de fe en Dios, no católico, pero sí creyente. Dirá:

 

"No os menosprecio, sacerdotes de todas las épocas

y naciones,

Mi fe es de todas la mayor y la mínima,

Abarca las antiguas y las modernas y

las que están entre ellas,...".

 

Y relaciona las distintas religiones en una actitud que pretende ser respetuosa con todas:

 

"Acepto los Evangelios, acepto a aquel que fue crucificado,

sé que es divino,

Me arrodillo en la misa, estoy de pie cuando rezan los puritanos,

o me siento en el banco de la iglesia pacientemente...".

 

Es cierto que, a veces, toma actitudes que, a nuestra manera de ver católica, podrían considerarse no ya como heréticas sino casi blasfemas. Escribe:

 

"Dije que el alma no es más que el cuerpo,

Y dije que el cuerpo no es más que el alma.

Y que nada, ni Dios, es más que uno mismo,...".

 

Pero a renglón seguido pone este verso tan cristiano:

 

"Quien camina una milla sin amor, se dirige a su

propio funeral envuelto en su propia mortaja".

 

Para ratificar sus profundas creencias así:

 

"Y digo a la Humanidad: No hagas preguntas sobre Dios,

Porque yo que pregunto tantas cosas, no hago preguntas

sobre Dios,

(No hay palabras capaces de expresar mi seguridad ante

Dios y la muerte)".

 

Pero aún reconociendo este sentido religioso de Whitman no debemos caer en el error de equiparar su actitud con la de San Juan de la Cruz. Nuestro Carmelita no sólo es venerado por su santidad y doctrina mística en el seno de la Iglesia Católica, sino que, a nivel internacional, es reconocido y admirado en los lugares más apartados y por personas pertenecientes a religiones muy distintas, incluidas los orientales, como han puesto de relieve las casi universales celebraciones del IV Centenario de su muerte.

 

No obstante, debemos volver a la poesía y, por ella, a otros temas esenciales en los que, a nuestro modo de ver, se encuentran las mayores separaciones en esos divergentes caminos.

 

 

IV. CAMINOS DISTINTOS

 

Donde, en primer lugar, vemos actitudes totalmente opuestas es, lógicamente, en el tema del amor en sus poemas. Walt Whitman lo canta en su aspecto sexual, incluso para algunos, en criterio que no compartimos por entero, en el homosexual17; pero también lo eleva, lo exalta, al creer, con cierta utopía, en el "panhumanismo", porque él, como afirma Concha Zardoya "nos anima a la confraternización universal, al amor hacia todo lo creado"18. Para fray Juan, por el contrario, el amor humano es sobre todo el camino para llegar al amor de Dios. Su Cántico espiritual, basado en ese canto de bodas que es el Cantar de los Cantares, es todo un símbolo del anhelado encuentro de la Amada, el alma, y el Amado, Dios. Se nos dirá que es posible una lectura no religiosa del mayor poema sanjuanista, pero no somos de esa opinión, pues hacerlo así es desvirtuar todo lo pretendido por el poeta y limitar lo más hermoso y trascendente del Cántico, su sentido espiritual y místico, que lo hace ser el mejor poema en su género de la literatura, para dejarlo en lo que, de otra manera, quedaría sólo en un gran poema amoroso entre muchos grandes poemas amorosos. Aunque, de todas formas, es mejor leerlo en este sentido que no leerlo, pues, además, al releerlo irá llegando al lector ese sentido inefable y esa dimensión espiritual que trasciende la plástica belleza de sus versos.

 

Un paso más en los planteamientos poéticos de cada uno de ellos y llegamos a otro punto de separación: frente a la "explosión vitalista" de Walt Whitman, consecuencia lógica de su forma de vida y de la expansión americana, se nos presenta la "Noche oscura" de San Juan de la Cruz.

 

El poeta norteamericano hace un canto de afirmación de la vida, de la naturaleza, de la libertad. Como escribe Concha Zardoya, "para él, la existencia humana no es quietud sino lucha contra la inercia: es la creación, el eterno empuje contra la gravitación del pasado, la búsqueda del futuro"19.

 

"Creo que una hoja de hierba no es menos que el camino

recorrido por las estrellas,

Y que la hormiga es perfecta, y que también lo son el

grano de arena y el huevo del zorzal,..."

...

¡Espacio y tiempo! Ahora compruebo que de verdad lo

que presentía,...

...

Con música estridente vengo, con mis cornetas y tambores,

No sólo ejecuto marchas para las seguras victorias,

ejecuto marchas para los vencidos y los muertos".

 

Así de potente suena la voz de Whitman.

 

En cambio, fray Juan de la Cruz se encierra en su mundo interior, aunque para incendiar el alma:

 

"En una noche oscura,

con ansias en amores inflamada,

¡oh dichosa ventura!

salí sin ser notada

estando ya mi casa sosegada..."

 

En otro lugar escribimos: "Uno de los grandes logros sanjuanistas. Estas palabras de Ivonne Pellé-Douël son plenamente explicativas: Para San Juan de la Cruz, la Noche es el gran símbolo de la vida mística. Imagen dominante, símbolo reiterado incesantemente, tema traspuesto mil veces, esa Noche, a la que amaba sobre todo y en cuya paz y en cuyo aislamiento su oración se recogía más gratamente en Dios, se convierte en la atmósfera misma de esa subida del Monte Carmelo a la que nos convida el Santo"20.

 

"En la noche sanjuanista –dice Miguel F. de Haro- convergen: la experiencia de la noche cósmica, la de la noche de la prisión, la noche de la huida y por último la noche mística"21. Fray Juan de la Cruz se encierra en sí mismo para encontrar el modo de ir hacia Dios. Y descubre un camino difícil que, como resumen de su doctrina, explica en cuatro versos:

 

"Olvido de lo criado,

memoria del Criador,

atención a lo interior

y estarse amando al Amado".

 

Pero aún existe una última confrontación, más radical todavía, representada por el afán de Walt Whitman de ser el Cantor del yo, del cuerpo humano, de su propio cuerpo. Por el contrario, San Juan de la Cruz aparece como el poeta de la negación, del anti-yo, como poeta de las "nadas", del anonadamiento.

 

Grita Witman:

 

"Yo celebro a mí mismo y canto a mí mismo,

Y cuanto yo asumo tú habrás de asumir

Pues cada átomo perteneciendo a mí también pertenece a ti..."

Yo vago e invito a mi alma,

Me inclino y vago a mi placer observando una brizna de

veraniega hierba..."22.

 

El poeta Carmelita no puede decir lo mismo. Él, con una experiencia muy singular del devenir religioso como una ascensión del Montecillo que dibujara para mejor explicarse, afirma sin rodeos:

 

"Para venir a gustarlo todo

no quieras tener gusto en nada;

para venir a poseerlo todo,

no quieras poseer algo en anda;

para venir a serlo todo,

no quieras ser algo en nada;

para venir a saberlo todo,

no quieras saber algo en nada;..."

 

Y se ratifica en el mismo dibujo, todo él un hermosísimo poeta, componiendo un desolador poema concreto, antecedente de los actuales, repitiendo:

 

"Senda del Monte Carmelo espíritu de perfección:

nada,

nada,

nada,

nada,

nada,

nada,

y aún en el monte nada".

 

Es posible que algo de esto atisbara Whitman cuando dice:

 

"Mis pies tocan el ápice de los ápices,

En cada peldaño hay racimos de siglos, y mayores racimos

entre un peldaño y otro,

He recorrido todos los de abajo y sigo ascendiendo.

Peldaño tras peldaño se inclinan a mis pies los fantasmas,

Veo en el fondo la basta Nada primordial, y sé que estuve

allí,...".

 

No, no es lo mismo, no son los mismos planteamientos los de San Juan de la Cruz y los de Walt Whitman, pero eso no es obstáculo para que se reconozca en el poeta norteamericano un alto contenido espiritual en sus cantos. Y un cierto don premonitorio:

 

 

 

 

Terminamos nuestro recorrido. De la mejor manera que nos ha sido posible hemos intentado seguir los pasos de dos grandes poetas, buscando sus coincidencias y apuntando sus divergencias. Los versos de Walt Whitman y de San Juan de la Cruz han sido las huellas rastreadas. El resultado queda para que otros autores, más preparados que yo, ajusten los aciertos y corrijan los errores.

 

 

1. ARTURO USLAR PIETRI, Walt Whitman, en Valores Humanos IV, Ed. Mediterráneo, Madrid, 1972, pp. 84-89.

2. CHARLES HARMON CAGLE, Walt Whitman. Un pie en la Grecia antigua, el otro en un bar gay, en Quimera nº 109 (1992) 28-33.

3. Walt Whitman, Hojas de Centenario, en ABC literario, nº 21, 27 de mayo de 1992.

4. ANA REDONDO Y JAVIER AZPEITIA, Versiones de Whitman, en Quimera nº 109 (1992) 34-39.

5. WALT WHITMAN, Hojas de hierba, (selección, traducción y prólogo de Jorge Luis Borges), Poesía 62, Ed. Lumen, Barcelona, 1991.

6. Ob. cit., p. 85.

7. GUILLERMO DÍAZ-PLAJA, Walt Whitman, en Vanguardismo y protesta, Libros de la Frontera 24, Barcelona 1975, pp. 208.210.

8. Citados por ARTURO USLAR PIETRO, ob. cit.

9. CARLOS BOUSOÑO PRIETO, La poesía de San Juan de la Cruz, en Juan de la Cruz, hombre, poeta y santo, Seminario Diocesano de Jaén, III Jornadas Culturales de Santo Tomás, Jaén, 1991, pp. 135-152.

10. ARTURO USLAR PIETRI, ob. cit.

11. Los estudios sobre este tema son numerosos. Por nuestra parte: El Cantar de los Cantares y el Cántico espiritual: Esbozo de un paralelismo, en Con sola su figura (Escritos sanjuanistas 1963-1989), La Carolina, 1990.

12. ANTONIO COLINAS, La llamada del bosque, en ABC literario, nº 21, 27 de mayo de 1992.

13. FERNANDO GUILLÉN MARTÍNEZ, La torre y la plaza, Ed. del Instituto de Cultura Hispánica, y también en nuestro artículo, Alusiones a San Juan de la Cruz, en Con sola su figura (Escritos sanjuanistas 1963-1989), La Carolina, 1990, pp. 86-88.

14. Prólogo, citado en nota 5.

15. JAIME SILES, Una forma particular de canto, en ABC literario, nº 21, 27 de mayo de 1992.

16. Artículo citado en nota 12.

17. Ana Martínez Vela, Manuel J. Alonso tampoco comparten la idea de la homosexualidad de Whitman.

18. CONCHA ZERDOYA, Afirmación de libertad y de fuerza, en ABC literario, nº 21, 27 de mayo de 1992.

19. IDEM.

20. SAN JUAN DE LA CRUZ, Poesías, (edición, estudio y notas de Guillermo Sena Medina), Col. La Peñuela 1, La Carolina, 1974; También en, Con sola su figura, p. 153.

21. MIGUEL F. DE HARO, La noche del sufrimiento. Interpretación simbólica de la vida y sus crisis según San Juan de la Cruz, en San Juan de la Cruz 6 (1990) p. 67.

22. Traducción de A. Redondo y J. Azpeitia, en artículo citado en nota 4.